Mila se miró las manos esposadas en un cuarto preferencial donde la había metido, y se limpió las lágrimas con el dorso de ambas manos cuando no pudo retener los sollozos.
En su estado de conmoción, confusión y sobre todo de una rabia que la partía en miles de pedazos, ella alzó el rostro cuando un hombre entró.
—Hay una nota que sacamos de su escritorio… —Mila frunció el ceño y negó.
—¿Qué nota? —el policía la deslizó por la mesa, y Mila pudo leer de forma lenta.
“Este es nuestro regalo para t