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La dacha ardía como pira funeraria mientras Diego corría hacia el infierno que él mismo había elegido.

Las llamas lamían los marcos de las ventanas como lenguas hambrientas, convirtiendo la estructura de madera en una antorcha contra el cielo nocturno de Moscú. El aire olía a pólvora y humo acre, mientras el sonido de disparos automáticos cortaba la noche como cuchillos. Diego se movía entre los abetos, su respiraci&

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