Mundo ficciónIniciar sesiónLa redención nunca es gratuita, y su precio siempre lo paga quien menos lo merece.
Valentina Solís lo supo a las 11:15 de la noche —cuando las luces fluorescentes del hospital privado convertían la piel de Hermann Schneider en pergamino translúcido y cada pitido del monitor cardíaco sonaba como recordatorio de lo cerca que habían estado del desastre— mientras apretaba la mano del hombre que había pasado cuarenta y ocho horas







