—¿Por qué tan callado? —Sanem entró a la sala donde estaba Naim, mientras él se tomaba un trago.
Sus ojos estaban cerrados, recostado al respaldar del sofá, pero cuando ella entró, giró la cabeza para sonreír al verla.
—Tienes los ojos hinchados.
—¿Te parece poco? —Naim se sentó derecho colocando el trago en la mesa y juntó las manos.
—Por supuesto que no. Mi padre también ha fallecido. Pero sé manejar mis emociones, algo que tú debes aprender.
Sanem sonrió de ironía mientras negó.
—Es el colmo