El silencio que siguió al clímax era denso y cargado de un magnetismo extraño. Zahar intentaba recobrar el aliento, mientras Kereem observaba con intensidad cada reacción en su rostro. La habitación estaba impregnada de un olor a deseo consumado y sobre todo de un magnetismo inusual.
Kereem, con su respiración aún agitada, se apartó lentamente de Zahar. Sus ojos de hielo, que antes ardían en deseo, ahora mostraban la misma frialdad, y Zahar notó como él comenzaba a vestirse con rapidez.
Ella se