Zahar.
El amanecer en casa de Lidia fue tranquilo, de hecho, me senté en la cama un poco impresionada al ver la hora. El sol se filtraba a través de las cortinas, y alguien en la calle se escuchaba a una familia apurar a sus niños para ir a la escuela.
No había este apuro de saltar de la cama a ir a una caminadora o trotar hasta el cansancio.
Me puse la ropa de ayer, y sentí una calma extraña, como si las emociones de la noche anterior hubieran sido un sueño lejano. Pero el peso en mi pecho me