Susan se estremeció. Leo había salido de su habitación, revitalizado por la entrega total de ella. Ella le había devuelto una sonrisa aturdida con la poca energía que le quedaba, convencida de la terrible idea de que Leo era tan maravilloso que ella era la más afortunada de todas las mujeres.
La pasión había matado su razón. En la cama, no pensaba con Leo; simplemente funcionaba como un juguete sexual, programada únicamente para dar y recibir placer. Y ya no creía poder culpar a nada más de su