Los extraños ruidos continuaron por un rato más, manteniendo a Lukas y Sofía en un estado de alerta. Sin embargo, poco a poco, el cansancio comenzó a vencerlos. La calidez del abrazo de Lukas y el ritmo constante de su corazón empezaron a calmar a Sofía.
—¿Crees que haya alguien en la casa? —susurró Sofía, su voz amortiguada contra el pecho de Lukas.
—No lo creo —respondió él en voz baja, acariciando suavemente su espalda—. Revisamos todo y no había nadie. Quizás sea solo el viento o la casa ase