Gonzalo me esperaba en la puerta de mi casa. Estaba malhumorado, tenía la cara ajada, los ojos inyectados de furia, refunfuñaba y mascullaba. Lanzaba, incluso, puñetazos al aire y chasqueaba la boca una y otra vez.
-Te llamé muchas veces y no has respondido a mis mensajes-, me recriminó muy enojado, después que me dio un beso en la mejilla. Él estaba pintado de cólera, apretaba los puños constantemente y balbuceaba cosas.
-Lo nuestro fue un error, Gonzalo, ya terminó-, le dije, tratando de ma