¡Qué felicidad! Estaba radiante, iluminada, no podía despintar la sonrisa de mis labios y me sentía en las nubes, rodeada de estrellas y luceros, haciendo tobogán en el arco iris. Marcial iba todas las mañanas a mi casa a tomar desayuno y luego nos íbamos juntos, en su auto, a entrenar al club.
Yo le hacía bistec con papas fritas o lomo saltado o compraba tamales o picarones o lo que fuera, je, tan solo para halagarlo, le servía café con leche y compraba los panes más crocantes que habían en