Jugué primero contra una griega, Ioanna Koutouxídou. Tenía un numeroso séquito que la rodeaban a cada instante. Una la peinaba, otra le quitaba el buzo, una más le alcanzaba la raqueta y una rubia le pasaba una toalla por la frente. También contaba con una nutrida barra de simpatizantes que no se cansaba de darle porras, con un bombo y vuvuzelas.
-Un poco más y trae también al perrito-, le bromeé a Heather. Ella jaló mi codo.
-Mira allá-, me señaló y en en un palco del estadio, estaba una s