El camino al hospital fue un borrón de luces estridentes y sombras alargadas.
Ivanka no sintió el asfalto bajo las ruedas del vehículo blindado, ni el olor a quemado que impregnaba su ropa, ni siquiera el peso del pequeño cuerpo inerte que ya no descansaba contra su pecho.
Cuando las manos de Viktor la soltaron, manchas oscuras sobre la lana de su abrigo, sangre seca de Aleksandr o suya, quién sabía ya; y fueron reemplazadas por las de Gianni, ella no lo notó. Su piel era un escudo de hielo, in