Mundo ficciónIniciar sesiónEl metal del pomo me quemó la palma de la mano. Lo solté, di tres pasos hacia atrás y salí al pasillo del edificio de humanidades a toda prisa, esquivando a dos estudiantes que conversaban junto a las taquillas.
Apreté la carpeta de cuero falso contra mi estómago, sintiendo las puntas clavárseme en las costillas con cada zancada. Mis dedos aún temblaban; el calor de la mano de Maddox alrededor de mi muñeca seguía ahí, como una marca de hierro candente sobre la piel. —Muévete, Claire —me dije entre dientes, apretando la mandíbula. Giré a la izquierda en la esquina y empujé la puerta pesada del baño de mujeres. El golpe de la madera contra el tope de goma retumbó en las paredes de azulejo blanco. Caminé directo al primer lavabo, dejé caer la mochila al suelo y abrí el grifo de agua fría a tope. Me mojé las manos, junté las palmas y me llevé el agua directamente a la cara, mojándome el cuello y las sienes. El agua me chorreaba por la barbilla, goteando sobre el cuello de mi camiseta. Miré mi reflejo en el espejo gastado sobre el lavabo. Mis labios estaban rojos, levemente hinchados por la presión que Maddox ejerció contra mi boca en el mostrador de la cafetería. Mi pecho subía y bajaba a un ritmo desordenado. —Cálmate. Solo fue un maldito papel —murmuré para mi propio reflejo. El teléfono dentro del bolsillo trasero de mis jeans comenzó a vibrar con una fuerza constante. La vibración contra mi muslo me hizo dar un brinco. Lo saqué con los dedos húmedos, dejando marcas de agua sobre la pantalla de cristal templado. Un número fijo. Ocho dígitos. La centralita del Central Hospital. Tragué saliva. Un nudo seco se me formó en la garganta mientras deslizaba el botón verde para tomar la llamada y me llevaba el aparato a la oreja derecha. —¿Hola? —la palabra salió casi como un silbido rasposo. —¿Hablamos con la señorita Claire Halang? —inquirió una voz femenina, fría y monótona, acompañada por el tecleo rápido de un teclado mecánico de fondo. —Sí, soy yo. ¿Es sobre mi padre? ¿Pasó algo con Arthur Halang? —apreté el borde de porcelana del lavabo con la mano libre, clavando las uñas en la superficie fría. —Señorita Halang, le hablo del departamento de facturación y administración central —hizo una pausa corta; el sonido del teclado se detuvo por completo—. El motivo de esta llamada es notificarle que la orden de desalojo y la suspensión del soporte vital programadas para el paciente Arthur Halang han sido revocadas de emergencia. Cerré los ojos con fuerza. Apoyé la frente contra el espejo helado, sintiendo las gotas de agua resbalar por mi frente. —¿Revocadas? —repetí en voz baja, temiendo haber escuchado mal—. ¿Está segura de lo que me está diciendo? —Completamente segura, señorita Halang. Hace exactamente quince minutos ingresó un memorando interno firmado directamente por la junta ejecutiva. La deuda vencida del paciente ha sido congelada temporalmente bajo una partida de fondos especiales. El respirador no será desconectado ni hoy ni a fin de mes. Solté un suspiro largo por la boca, dejando que los hombros se me cayeran por primera vez en todo el día. El dolor punzante en mi nuca comenzó a ceder de golpe. La promesa de Maddox Volkov no era palabrería barata. Había movido los hilos del hospital de su padre en cuestión de minutos. —Gracias... Gracias por avisarme —dije, limpiándome una gota de agua de la pestaña izquierda con el dorso de la mano. —De nada, señorita. Sin embargo, debo leerle la cláusula anexa que se adjuntó al expediente de su padre esta misma mañana por orden del directorio. El tono de la mujer no cambió, pero la velocidad de sus palabras disminuyó, volviéndose formal y distante. Abrí los ojos y me erguí de golpe frente al espejo. —¿Qué cláusula? —Cito textualmente: "Cualquier ingreso, visita, informe médico o solicitud de traslado relacionada con el paciente Arthur Halang deberá ser notificada y autorizada previamente por la oficina de la presidencia del consorcio, a cargo del señor Victor Volkov". Se me cortó la respiración. Apreté el teléfono contra la oreja hasta que el plástico crujió ligeramente bajo la presión de mis dedos. —¿Qué significa eso? —pregunté, endureciendo la voz—. Yo soy la tutora legal de mi padre. Ningún presidente de un hospital tiene por qué autorizar que yo entre a ver a mi propio familiar. —Es el nuevo protocolo de seguridad asignado a la ficha de su padre, señorita Halang. Los guardias del piso de cuidados intensivos tienen órdenes estrictas. Si usted no cuenta con el pase emitido por el despacho del señor Volkov, no se le permitirá el acceso a la habitación bajo ninguna circunstancia. —¡Eso no puede ser legal! —exclamé, alzando la voz dentro del baño desierto—. ¡Ese hombre no puede secuestrar a mi padre de esa manera! —Nosotros solo seguimos los parámetros del sistema interno, señorita. Si tiene alguna objeción, puede presentar un recurso directamente en la oficina del CEO en el horario de atención comercial. ¿Desea que programe una cita para revisión de pase de visita? Me quedé en silencio, escuchando el pitido lejano de las ambulancias al otro lado de la línea. El padre de Maddox había reaccionado de inmediato. Había congelado la deuda para cumplir la orden ejecutiva, pero había colocado su propia correa alrededor de mi cuello. Salvó la vida de mi padre, pero convirtió su cama de hospital en una celda con un guardia en la puerta. —No —dije entre dientes, sintiendo la rabia arder en mi pecho—. No programe nada. Colgué la llamada de golpe, presionando el botón rojo en la pantalla. Dejé el teléfono sobre el borde del lavabo y me pasé ambas manos por la cara, arrastrando la piel hacia abajo con frustración. Un segundo después, el teléfono volvió a sonar sobre la porcelana. Un tono corto de mensaje de texto. Lo tomé de nuevo. El remitente no tenía nombre guardado, solo el número de Maddox que se me había quedado grabado en la memoria. "Primera regla cumplida, socia. La deuda no existe. Nuestra primera tutoría es hoy a las 8:00 PM en mi departamento. No llegues tarde. Te envié la ubicación." Tragué el nudo de rabia que me subía por la garganta. Tecleé una respuesta rápida con los pulgares rígidos: "Voy a ir. Pero tu padre puso guardias en la puerta de la habitación de mi papá y exige autorización para que yo entre. Ese no era el acuerdo." La respuesta de Maddox tardó menos de cinco segundos en aparecer en la pantalla: "Mi padre hace lo que le da la gana en su edificio. Yo cumplo lo que firmo en el mío. Nos vemos a las ocho, Claire. Ponte algo cómodo. No me gustan las distracciones cuando estudio."






