Bloqueé la pantalla de un golpe seco, metí el teléfono en el bolsillo delantero de mi mochila y me la colgué a la espalda de un solo tirón. Salí del baño con pasos firmes, los tacones de mis botas resonando con fuerza contra el piso del pasillo del edificio universitario.
El estruendo de la puerta del baño al cerrarse a mis espaldas resonó en el pasillo como un disparo. Me pasé la mano temblorosa por la boca, sintiendo todavía la pulsación helada de la llamada del hospital metida en los oídos.