La Confesión del León
El aire en la bodega, aún impregnado del sudor de la victoria, vibraba con la tensión de lo que se avecinaba. Orlo, ahora libre pero con la marca de fugitivo, se unió a Conan y a Gonzalo bajo la tenue luz de la única antorcha. El rescate había sido un éxito rotundo, pero la furia del Rey y de Isabel se cernía sobre ellos como una espada. El triunfo, fugaz y dulce, era apenas el preludio de una guerra sin cuartel.
—El Rey no perdonará esto —dijo Orlo, su voz grave, su rostro