XXIII
Ecos de la Realeza

La fría humedad de la celda ya no era mi enemiga, sino mi confidente. El alfil de cristal, ese pequeño colgante que la guardia de Calix me había entregado en secreto, era una llave a un pasado que se negaba a permanecer enterrado. Mis dedos, acostumbrados a la delicadeza de los hilos, ahora recorrían las finas tallas del cristal, buscando patrones, inscripciones ocultas, cualquier eco de la verdad que mi madre adoptiva me había ocultado. Las palabras de Calix, "Busca la verdad
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