Su respiración se va haciendo cada vez más pesada. Si me lo hubiera dicho antes, no habríamos perdido el tiempo los dos.
—Ahora escúchame, cariño. Traje tijeras y toallas conmigo. Ve a buscarlas por la puerta, creo que las dejé caer allí —me dice mientras señala la esquina.
—Espera, ¿no me vas a pedir que lo haga, verdad? ¿Es un disparo? ¡De ninguna manera! ¡No puedo sacar la bala yo misma! —exclamo, sin saber si lo que siento es incredulidad o miedo.
Me alegra que la ducha siga encendida. Si n