JUEGOS DEL DESTINO
JUEGOS DEL DESTINO
Por: Grxs
1. NEGOCIOS.

Raquel Martínez.

—Adiós, chicos. ¡Disfruten sus vacaciones!

Después de despedirse de todos, Karen —nuestra profesora de cálculo— abandona el aula de clases. Todos se ponen de pie y la imitan. No soy la excepción, ya que después que guardo mis cosas dentro de mi mochila salgo en compañía de mi amiga Addy.

Afuera más de uno parece estar contento. Incluso yo lo estoy. Y no es extraño teniendo en cuenta que es el día más deseado por todos aquí: el final de las clases.

¡Yupi!

Se acabó el tener que desvelarme estudiando para exámenes o haciendo alguna tarea, porque soy lo suficientemente estúpida que todo lo dejo para última hora. Se acabó el levantarme temprano, ahora podré dormir hasta la hora que quiera. Se acabaron las largas y aburridas horas fingiendo que presto atención a lo que el profesor dice, cuando en mi mente estoy imaginando cómo sería mi vida si tuviera a un Jack Ross, un Magnus Lacrontte o un Axen Dannet.

Oh. Sería tan perfecta.

Y por eso quiero que sea de noche para así ir con mis amigos a algún bar a celebrar el comienzo de las vacaciones y que ya no veré más las feas caras de mis compañeros por un tiempo.

—Vamos al baño —me pide Addy cuando salimos del aula—. Necesito hacer pis.

Asiento y caminamos hacia el baño que está al final del pasillo. En lo que entramos mi amiga ingresa a uno de los cubículos vacíos a la vez que una chica sale del que está al lado; la miró de reojo cuando se posa a mi lado para lavar sus manos, después se va.

—¿Estamos solas?

Miro los cuatro cubículos restantes con lentitud. Todos tienen las puertas medio abiertas y por dentro están vacíos.

—Afirmativo.

—Cierra la puerta —escucho cómo le baja al retrete—. Necesito contarte algo.

Hago lo que me pide.

—Listo.

Addy sale del cubículo. E intento preguntar si está bien al ver que su semblante cambió y parece estar asustada y preocupada, pero antes de que pueda abrir la boca, ella se apresura a soltar lo que la tiene así como si fuese algo equis:

—Engañé a James.

Si mi mandíbula no cayó al suelo, fue porque está atada a mi cara.

—¡¿Qué?!

—Y con su primo.

Mi-er-da.

—Cuéntamelo todo. Ahora.

Y así pasamos los siguientes veinticinco minutos encerradas en el baño. Addy contándome todo y yo escuchando atentamente cómo fue que se enrolló con el primo de su novio estando en una fiesta porque pensó que éste la engañaba con otra chica, cuando no era cierto. Y ahora le aterroriza que James se entere de su metida de pata.

—¿Lo amas? —pregunto, cuando finaliza de contarme el lío en el que se metió.

Bufó.

—Por supuesto que lo amo.

—Entonces explícame cómo se te ocurrió hacer semejante idiotez, Adelaide. ¿Qué no podías averigüar primero si te engañaba o si solo era tu imaginación?

—Todo apuntaba a que si lo hacía, Raquel. Y estaba furiosa, decepcionada y triste —dice—. A esto súmale que un poco ebria también.

La miro, arqueado una ceja.

—¿Solo un poco?

—Bueno, bastante ebria —se corrige—. Y sabes que cuando lo estoy hago las cosas sin pensar.

—Si y hay que ver qué eres estúpida.

—¡Oye! Sin insultos, por favor.

La ignoro, y continúo:

—¿Follarte al primo de tu novio? ¿Qué no había más chicos en esa fiesta?

—Él me pareció el indicado, así mi traición le dolería el doble a James —se encoge de hombros—. Además, está guapísimo. Y prometió no decir nada.

Sacudo la cabeza con desaprobación.

—Tantas maneras que existen de vengarse de alguien y a ti se te ocurre la más básica y estúpida de todas.

—Pues en su momento el pagarle con la misma moneda me pareció una idea fantástica.

—Lo sería si de verdad te está engañando, Addy.

Mi amiga aprieta los labios en una línea recta y murmura un «lo sé» que apenas logro escuchar.

—Mejor vámonos.

Camina a la puerta y sale del baño, me toma unos segundos reaccionar e ir tras ella hasta alcanzarla en el pasillo.

—¿Quién resultó ser la chica con la que creías que te engañaba? —le pregunto.

—Su... medio hermana.

Hundo los cejas con total confusión, y asombro por partes iguales.

—¿James tiene una hermana?

—Al parecer.

—Pero si él...

Callo cuando en ese momento algo dentro del bolsillo de mi pantalón comienza a sonar: mi celular.

Lo saco y mi padre es quien está llamándome.

—Dame un momento —le pido.

Addy asintió con la cabeza. Deslizo mi dedo hacia arriba por la pantalla táctil y me llevo el celular a la oreja.

—Hola, papá.

—Hola, cielo —me saluda, al otro lado de la línea telefónica—. ¿Cómo estás?

—Bien, bien. ¿Pasa algo? —el que me llame a estas horas me parece extraño, por lo general es cuando más ocupado está.

Escucho como suspira.

—No, bueno si... me he olvidado unos documentos importantes sobre la cama hoy.

—Y quieres que te los lleve —termino por él.

—Solo si puedes.

—Si puedo, en un rato te los llevo.

—Gracias, cariño. 

Cuelga y guardo el celular nuevamente.

—¿Sucede algo? —preguntó Liz.

Niego con la cabeza, enganchando mi brazo con el suyo para retomar nuestra caminata al estacionamiento. Una vez llegamos vamos directo a donde he parqueado mi coche está mañana, abro la puerta del piloto y veo a mi amiga.

—¿Te llevo?

—No, James vendrá por mí —me dice, dándome un beso en la mejilla—. Nos vemos por la noche.

Asiento con la cabeza, subiendo al coche.

Lo pongo en marcha y salgo del estacionamiento con destino a casa.

La zona residencial con enormes casas de estilo moderno, inglés o victoriano que valen millones de libras y sus bien cuidados jardines me recibe a los pocos minutos. El vigilante me deja pasar al reconocerme, y detengo el coche frente a mi casa. Soy rápida al bajarme y entrar. 

—¡Mamá! —la llamo—. ¡Mamá, llegue!

No recibo respuesta.

—¡Mami!

Nada.

Solo silencio.

Y el que sea así es porque no está.

Subo a la habitación de mis padres en la segunda planta. Allí sobre la cama encuentro los documentos que papá mencionó así que los tomo y vuelvo al coche.

Me toma cuarenta minutos llegar a la empresa familiar. Dejo el coche en un sitio libre frente al gran edificio y entró al mismo después, en la recepción me dan el pase de visitante, porque aunque me conozcan es obligatorio usarlo si se es ajeno a la empresa.

Subo en el ascensor que se abre a los pocos segundos y me detengo frente al escritorio de la secretaria de mi padre. Una mujer mayor que me mira por encima de sus gruesos lentes y me da una cálida sonrisa.

—Hola linda.

—Hola, Denisse —la saludo, sonriendo—. ¿Papá está en su oficina? Vine a traerle esto.

Le enseño la carpeta que tengo en mis manos.

—Acabo de llegar de mi hora de almuerzo, no sabría decirte...

—En ese caso iré a ver.

Denisse mueve su cabeza en un gesto afirmativo y me alejo de su escritorio. Voy a la oficina de mi padre que es la última al fondo, esbozo una sonrisa y me preparo para tocar la puerta una vez me detengo frente a la misma, pero...

—¿Es su última palabra, Jorge? —adentro un hombre le pregunta a mi padre.

Nadie más habla. Todo queda en silencio por unos segundos y doy un paso atrás para irme con Denisse mientras papá habla con ese hombre. Pero detengo mis intenciones con lo próximo que escucho: 

—En ese caso. Mi abogado mañana le traerá la demanda —dice el hombre—. Buen día.

Frunzo el entrecejo, sin comprender por qué alguien querría demandar a papá.

Y no puedo pensar en una razón coherente. Pronto se escuchan pasos adentro que se detienen al llegar a la puerta y entró en pánico. Van a descubrir que los estaba espiando sin querer y creerán que soy una chismosa.

Lo eres.

Pero ellos no tienen por qué saberlo.

Afortunadamente, el que papá hablé en ese momento me salva de ser descubierta.

—No, espera —le dice—. Y-yo...

Guarda silencio un instante.

—Acepto tu propuesta.

—Estupendo —por el tono alegre deduje que el hombre sonrío—. Mi chófer mañana pasará por ella a esta misma hora.

—¿Cómo? —papá se escucha confundido. Lo imagino frunciendo su entrecejo.

—Se mudará conmigo —le aclara—. Será… como una garantía de que me devolverá todo lo que me debe.

Quiero saber más acerca de lo que dicen. Pero otro silencio reina del otro lado de la puerta, y decido que es hora de irme. Sin embargo, antes de poder girarme la puerta se abierta.

Y casi caigo de culo al ver a semejante hombre frente a mí.

Es que, joder, está buenísimo.

Nunca había visto a un hombre tan atractivo, en mi opinión. Su piel es tan blanca como la nieve, su cabello castaño oscuro está despeinado, apuntando a varias direcciones, lo cual le da un aire más… sexy y casual, claro, a pesar de vestir un costoso traje hecho a la medida. Sus ojos verdes son hipnotizantes, no puedo apartar la mirada de ellos.

Y claro, todavía vistiendo de esa manera, se ve que tienen un cuerpo atlético.

Cuando su mirada baja a mis ojos, esboza una pequeña sonrisa.

—Raquel, hola.

Lo miro, extrañada.

¿Cómo es que me conoce, pero no al revés?

Porque créanme, si hubiera visto a este hombre antes, lo recordaría.

Todavía confundida, me obligó a mi misma a hablar.

—Hola —saludo, aunque suena a pregunta.

—Es todo un placer conocerte en persona —menciona, sin cortar el contacto visual conmigo.

Sin saber que decir, le sonrío un tanto nerviosa sin mostrar mis dientes y asiento.

—Igual.

Miro a un punto detrás suyo donde aparece papá con una expresión que no logro descifrar en su rostro. Al seguir mi mirada, el hombre frente a mi se giró hacia mi padre.

—Debo irme —le dice—. Fue un placer hacer negocios contigo, Jorge.

El espécimen de ojos esmeraldas pasó a mi lado, dándome una última sonrisa, a la vez que guiñó su ojo. Con ese simple gesto, me volví un manojo de nervios. Y lo seguí con la mirada hasta que desapareció de mi campo de visión.

Todavía aturdida, impresionada y confundida entró a la oficina de papá cerrando la puerta detrás de mi y me siento en la silla frente a la suya, dejando la carpeta sobre su escritorio.

—Gracias cariño —me sonríe, sentándose.

—¿Quién era ese hombre?

—¿Él? —asiento al suponer que así se llama—. Es hijo de… un viejo… amigo.

Enarco una ceja, sin creerle ya que lo dice con amargura en su tono de voz. Pero antes de que pueda mencionar algo al respecto papá vuelve a hablar.

—¿Hace cuánto llegaste?

—Recién lo hice, e iba a tocar cuando ese hombre abrió la puerta.

Miento en aquello último, pero papá solo asiente con la cabeza dándome a entender que me cree y se le quita un poco la cara de preocupación que tenía. «¿Temía que yo los hubiera escuchado?»

—¿Estás bien?

Por su semblante veo que está cansado, sus ojos solo demuestran angustia y su cuerpo entero nerviosismo. Pero él mueve la cabeza en un gesto afirmativo para después desviar la conversación, cosa que dejó pasar.

—¿Cómo estás tú? —sonríe lo más que puede—. Has terminado el primer semestre, estoy muy orgulloso de ti.

No puedo evitar sonreír con sus palabras.

—Papá, todavía no es seguro que lo haya pasado.

—No importa, igual lo estoy y con tu madre hemos reservado en un restaurante está noche para celebrarlo.

—¿Está noche?

—Si, ¿ocurre algo?

Niego con la cabeza, ensanchando la sonrisa.

—Nada.

Adiós a mis ganas de celebrar con mis amigos y embriagarme hasta el amanecer.

—¿Ya almorzaste?

—No todavía.

—En ese caso, te propongo ir a almorzar con tu viejo, pero no menos atractivo padre —me hace reír—. Y si quieres que te quedes aquí y me ayudes con unas cuantas cosas hasta que nos vayamos a casa, ¿qué dices?

—Sí a todo.

♡♡♡♡♡

Almuerzo con papá en un restaurante cerca de la empresa, y mientras hablamos de temas triviales lo noto más pensativo de lo normal, muy distraído. Pero lo dejo pasar sopesando que son temas del trabajo que lo tienen así. Luego de un rato largo nos devolvemos a su lugar de trabajo.

Paso parte de la tarde con él en su oficina, o acompañándolo en sus reuniones con otros ejecutivos importantes de la empresa hasta que mamá le envía un mensaje diciéndole que nos apuremos o llegaremos tarde al restaurante.

Así que para cuando se hacen las 05:32 p.m., estoy manejando mi coche con dirección a mí hogar mientras papá viene detrás de mí en su Mercedes que es manejado por Dante, su chófer.

Dejo el coche dentro del garaje una vez llego a casa y entró a la misma, encontrándome a mamá en la sala quien luce espléndida mostrando sus curvas en un vestido rojo por las rodillas ajustado, con escote de corazón y una abertura en la pierna. Su cabello castaño está recogido en una coleta alta que permite ver mejor las facciones de su rostro ahora maquillado.

Pongo mis brazos en jarra, soltando un silbido haciendo que mamá aparte su mirada del celular y se percate de mi presencia.

—Estás de muerte lenta —la halago, sonriendo.

Ella ríe con timidez, y se acerca a mí para rodear mi cuerpo en un cálido abrazo que recibo gustosa.

—Exagerada.

—No, sincera sí.

Escuchamos pisadas detrás de nosotros y nos separamos a la vez que papá aparece en la sala.

—Todo está listo para... —calla, cuando su mirada se detiene en mamá.

Las mejillas de mamá se tornan de color carmesí. Y no duda en acercarse a él. También lo abraza y susurra un «gracias» en su oído. Papá se separa un poco y besa los labios de su esposa.

Pongo una mueca de asco.

—Todavía sigo aquí —les reprocho, chasqueando mis dedos para llamar su atención—. Si quieren compartir saliva entre ustedes, váyanse a un sitio en el que yo no esté. Por favor y gracias.

Ellos se separan mientras ríen, y es mamá la siguiente en hablar:

—Sube a cambiarte.

Hago lo que me pide. Y me alejo de mis padres que siguen con sus muestras de afecto para subir al segundo piso.

Camino por el pasillo de las habitaciones y cuando entro en la mía me despojo de la ropa que traigo puesta mientras avanzo hacia el baño dentro de mi habitación.

Tomo un ducha rápida con agua tibia, cuando acabo enrollo la toalla alrededor de mi cuerpo desnudo y voy al armario del que saco el primer vestido que me parece bonito: es color azul marino, ajustado, unos cinco dedos más arriba de mis rodillas y con un escote en la espalda que no me permite usar brassier.

Me visto, me coloco los tacones negros no tan altos y procedo a peinar mi cabello el cual heredé de mi madre, haciéndome una coleta alta asegurándome de que ninguna hebra se salga.

No deseo usar maquillaje está vez, por lo que tomo el pequeño bolso con mis cosas adentro y mi celular para escribir en el chat grupal que tengo con mis amigos:

Raquel:

No iré con ustedes, cenaré con mis padres.

Pido perdón.

No espero a que nadie responda, apagó la pantalla del celular y lo guardo en el bolso antes de bajar a la planta inferior.

Bajando las escaleras sonrío cuando veo a mis padres juntos, aunque dicha sonido desaparece al notar que están discutiendo. ¿Qué ha pasado? Ellos rara vez se pelean entre sí; recuerdo que de pequeña solo los vi enojados una vez y el que lo estén ahora solo puede ser por algo importante.

A medida que avanzo hacia ellos logro escuchar parte de su discusión.

—No tenía otra opción —dice papá—. Ella tiene que hacerlo.

—¡Sí la tenías, Jorge! —refuta mi madre—. Y era no aceptar, porque no podemos obligarla a tal cosa.

Es la primera vez que escucho o veo a mamá 

a mamá tan furiosa, mientras papá solo parece estar desesperado  hacer que ella se calme de una u otra forma.

—Lucia, por favor...

Papá calla de golpe en el momento que por inercia sus ojos se desvían hasta mi punto, haciendo que mamá se de la vuelta y sus cejas se eleven con sorpresa al verme.

—Cariño...

—¿Qué sucede? —pregunto, cruzando los brazos sobre mi pecho.

Papá comparte una mirada llena de nerviosismo con mi madre, y es él quien toma la palabra.

—Nada.

—Papá no soy estúpida —dejo en claro—. Sé que estaban discutiendo, y quiero saber por qué.

—Son temas de pareja...

A su lado, mi madre suelta un bufido mientras sacude con la cabeza en un gesto de negación.

—No es así —admite ella—. Así que no le mientas, porque si estamos discutiendo es por otro asunto y tú lo sabes perfectamente, Jorge.

Papá tensa la mandíbula ante las palabras de mamá, pues detesta que lo contradigan. Pero guarda silencio, cosa que mamá aprovecha para continuar hablando.

—Sé hombre, deja la cobardía que te cargas a un lado y cuéntale a Raquel lo que has hecho sin su autorización.

—Déjanos a solas —papá le pide.

Lucia niega con la cabeza, terca.

—Ni creas que los dejaré solos para que puedas decirle lo que no es.

Miro a mamá, después a papá y viceversa, sin entender ni la más mínima cosa de lo que están hablando.

—No estoy comprendiendo...

—Tranquila, que ya te explico, cielo —dice mamá—. Lo que sucede es que...

—Lucia cállate...

—No, ¡Cállate tú! —mamá alza la voz, alterada—. Porque si tú no tienes los cojones suficientes para decirle a nuestra hija lo que has hecho, yo sí los tengo y de sobra.

—¡Basta! —intervengo—. Dejen de discutir, ustedes no son así, ya basta.

Papá agacha la cabeza apenado, evitando a toda costa mirarme a los ojos.

—Disculpa, cariño.

—En vez de estar disculpándote, deberías estar explicándome eso que mamá dice —digo, frunciendo levemente mis cejas—. ¿Qué has hecho?

—Vamos, cariño —mamá lo anima, irónica—. Cuéntale de una vez por todas, anda.

El antes mencionado le da una mirada de pocos amigos a mí madre, antes de clavar su mirada verdosa en mí. Y todo a nuestro alrededor es invadido por un silencio sepulcral mientras veo como papá abre la boca, pero la cierra de golpe sin saber que decir, o como decir aquello más bien. Repite lo mismo durante dos ocasiones más.

Su mirada refleja arrepentimiento, así como su cuerpo entero nerviosismo y preocupación, señales de que será un tema complicado, tal vez.

Por esa misma razón dejo que se tome su tiempo, que piense en como decir aquello y no le insisto más hasta que él toma una bocanada de aire, la expulsa con lentitud y a continuación suelta esas tres palabras como si nada:

—De ahora en adelante, no vivirás con nosotros —dice—. Vivirás con Erick Collins.

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