Capítulo 45. El olor del engaño.
Ante su tacto, Camila soltó un jadeo ahogado. Su espalda se arqueó instintivamente hacia el tacto, buscando el calor.
Arthur deslizó la mano despacio, subiendo por la columna vertebral, trazando cada vértebra con el pulgar, reclamando el territorio.
Sus dedos eran fuego líquido.
Camila cerró los ojos, mordiéndose el labio para no gemir. Más de tres años de abstinencia, de soledad, de mentiras frías, se rompieron con ese solo contacto.
—Tu cuerpo no miente, Camila —susurró Arthur en su oído.
Su