144. Lo único que todavía podía perder.
El hombre no levantó la voz.
Tampoco hizo un movimiento brusco.
Permanecía de pie entre los árboles con la serenidad de quien llevaba demasiado tiempo convencido de que todo terminaría exactamente como había planeado. La credencial seguía suspendida entre sus dedos y el arma, oculta bajo la chaqueta, apenas se adivinaba cuando el viento movía la tela.
Adrián respiraba con dificultad.
La improvisada venda que Marcelo había presionado sobre la herida comenzaba a teñirse nuevamente de rojo, y cada