La oficina de Michelle en la torre Russo era un santuario de acero y cristal donde las emociones solían morir en la puerta. Esa mañana, el ambiente era especialmente viciado. Spencer estaba sentado en uno de los sillones de cuero, con el tabique nasal vendado y los ojos amoratados, luciendo como el sobreviviente de un naufragio.
—Realmente, Spencer... —Michelle soltó una carcajada seca mientras revisaba unos informes—. Si querías una cirugía plástica, podrías haber pagado a un profesional en lug