—Uno, dos, tres… —contaba en mi mente, una letanía de salvación—. ¡Vamos, Alessia! ¡Dime que estás ahí!
Y entonces, ocurrió el milagro.
Un pequeño espasmo recorrió su cuerpo. Sus labios se contrajeron. Y, de repente, un sonido, débil, ronco, pero lleno de una potencia que hizo que mis rodillas flaquearan: un llanto. Un primer llanto que sonó como una sinfonía.
—¡Lloró! —Cloe soltó un grito que contenía todo el dolor y la alegría del universo—. ¡Dominic, ha llorado!
—¡Sí! ¡Sí, Dios mío, sí! —la