Perspectiva de Dominic
El motor de la camioneta no era un sonido, era un grito. Un grito metálico que se mezclaba con los de Cloe. Cada vez que pasábamos por un bache, un alarido desgarrador escapaba de sus labios, rasgando el silencio de la montaña. Mis manos sobre el volante estaban blancas, tensas, mis nudillos brillando bajo la luz del tablero. La aguja de la velocidad marcaba un límite peligroso, pero para mí, era una tortuga.
—¡Cloe, cariño, mírame! —grité, intentando repartir mi atención