Jan se separó de mí.
Abrí los ojos y los primeros rayos de sol empezaban a entrar por la ventana.
Me sorprendió no encontrarle a mi lado. En la cama.
Me incorporé. Un ruido. Uno que no debería ser capaz de oír. El de la puerta de entrada de su casa cerrándose.
Escuché como crujían los escalones bajo su peso. Uno. Dos. Tres.
Y algo más.
Jan no estaba solo. Había gente fuera.
―Lobos ―susurré.
Por un lado, sentí tentaciones de esconderme debajo de las sábanas. Dudo que sirviera para engañar a un l