Dolía. Dolía demasiado.
Y pese a que el dolor me atravesaba el vientre, no grité, como si se estuviera robando el oxígeno de mis pulmones.
Me sostuve del marco de la puerta cuando mis piernas me fallaron. Caí de rodillas en el suelo humedecido por el tazón de agua derramada.
—¡Señora Ronchester! —Me llamó Scott, pero no fui capaz de voltear y verlo.
Manos me sujetaron, ayudando a levantarme. No fue Scott, fue Donovan.
—¿Qué le ocurre, señora?
—¡Déjenme verla! —exigió la señora Geraldine,