Todos se mueren por ponerte las manos encima ¿acaso no lo sabes? –le dijo lanzando los pantalones a un lado y quedándose en bóxer, ella volvió a tragar saliva. El maldito era una condenada obra de arte. Casi lo odió por eso tanto como lo amaba, era imposible olvidar algo así, quedaba grabado en la retina. A los ochenta años, esa imagen que tenia enfrente seguiría excitándola. Tenia que hacer algo, tenía que moverse o se le lanzaría y era él quien tenia que dar el primer paso. Se puso sobre sus