El eco de la puerta del despacho al cerrarse resonó en los oídos de Jade mucho después de haber subido las escaleras hacia su habitación, una prisión de seda y silencio. La agresión psicológica de Hywell, esa posesión fría y calculada que se materializó en el toque coercitivo de sus manos y el beso brutal, la había dejado temblando, no solo por el miedo, sino por una mezcla compleja de emociones que apenas podía comprender.
Se despojó del suntuoso vestido de zafiro con movimientos lentos; cada