Avery lloró hasta quedarse sin lágrimas, descargando al fin todo lo que la venía atormentando desde hace un tiempo y había sabido ocultar muy bien. Pero allí, en medio de aquel salón y con la dignidad mancillada y pisoteada, no se sentía tan fuerte como pensaba que era.
Se limpió con brusquedad el rostro, soltando respiraciones lentas y profundas para tranquilizarse. Llorar no le servía de nada y tampoco haría que sus problemas se solucionaran. Lamentarse no hacía más que hundirla en el infier