(Ariel)
El dolor, la angustia e incluso el miedo se evaporaron en ese momento. El sonido de la lluvia golpeando la chapa del coche y el viento silbando a nuestro alrededor desaparecieron. Respiré hondo, notando cómo mi mente se convertía en una gelatina, completamente indefinida.
Algo que trajo el viento chocó contra el coche, y parpadeé, apartándome lentamente mientras Christian se enderezaba en el asiento del conductor. El silencio era casi doloroso, y una extraña tensión flotaba en el aire.