115. HACIÉNDOLA MÍA
Escucharla decir aquello fue como alimentar un fuego en el alma de Gerónimo, un calor que ascendía hasta cada rincón de su ser. Una especie de plenitud quemaba en la profundidad de sus ojos. Sentía que en sus manos tenía todo lo que había imaginado alguna vez: una mujer que encajaba en cada rincón de sus sueños, alguien que era suya en cuerpo, mente y corazón.
Gerónimo la miró como un hombre que contempla una joya única, sabiendo que nunca nadie podría arrebatarle ni compren