Rodeada por todos, Fabiola estaba pálida como un fantasma, incapaz de articular palabra.
Al ver su silencio, los demás se impacientaron y comenzaron a empujarla. Las mismas manos que me habían lastimado ahora caían sobre Fabiola, que se tambaleaba por los empujones.
—¡Ya basta! ¡Yo dije que quería enfrentar a la amante, pero ustedes vinieron por su cuenta! ¡Solo querían aprovecharse de Mario! —Fabiola explotó bajo la presión.
—¡Ustedes solo temían que Mario tuviera una amante y me dejara, perdie