Las primeras gotas de leche no se hicieron esperar y se derramaron en su paladar. Las degustó con placer, gruñendo, mamando con fuerza para obtener más de ese delicioso elíxir que hizo brincar su erección con ímpetu, que despertó por completo su instinto de cazador, que le gritó que domara a aquella hembra, que la hiciera suya. Succionó con hambre voraz, paladeando el dulce néctar que sabía a leche de almendras, más dulce, más exquisita.
Violeta jadeaba, gemía y se removía sobre su erección, pe