―Papi… ―susurró femenina, removiéndose, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos para respirar, arqueando la espalda y hundiendo las caderas para facilitar los roces de su mano y boca.
Descendió desde el cuello níveo hasta los pechos. Esa vez, besó alrededor de la areola, lamió su piel dulce que sabía a su esencia blanquecina que seguía brotando como una cascada de maná acaramelado.
Su mano llegó al epicentro de Violeta y con delicadeza la abrió para tenerla a su disposición. Pasó el índ