No podía respirar bien, sentía el pecho agitado, lleno de una rabia contenida que no sabía cómo manejar. Salí del prado donde había dejado a Leónidas y regresé a la casa con pasos apresurados. Mis manos temblaban, y en mi mente resonaban las palabras que me había dicho. «Te vigilaré, Emily. No porque desconfíe de ti, sino porque quiero asegurarme de que no cometas los mismos errores que yo.»
Qué audaz de su parte, como si realmente le importara.
Entré al salón principal con la intención de calm