LIAM
La ciudad sofoca. Escupe su calor como un animal rabioso. Cada soplo de viento trae olores a gasolina, asfalto caliente y sudor. Los neones parpadean, los cláxones desgarran el aire, los gritos de los transeúntes me taladran los oídos. Pero eso no es nada comparado con el ruido que grita en mi pecho.
Camino sin saber a dónde ir, la capucha tirada sobre mi rostro, las manos crispadas en los bolsillos. Desde esta mañana, siento esta tensión, este peso extrañamente vivo, como una mano helada