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Capítulo 9: Fragmentos del pasado

Capítulo 9: Fragmentos del pasado

Zack guiaba a la joven hacia el estacionamiento del hospital, manteniendo la palma de su mano firme en la parte baja de su espalda. Diana se sentía profundamente inquieta; lo que había sucedido el día anterior desafiaba la percepción de la mujer que siempre había creído ser. Estaba tan absorta en sus propios pensamientos que ni siquiera registró el momento en que subieron al vehículo y se incorporaron a la autopista.

A su lado, Zack conducía en silencio, echándole miradas de reojo con el ceño fruncido. No lograba descifrar por qué aquella muchacha ejercía un magnetismo tan devastador sobre él. No la conocía en profundidad, no como su hermano Ethan —a quien consideraba de su propia sangre—, y aun así, le resultaba imposible explicarse cómo había llegado tan lejos la noche anterior. Zack no era un hombre dado a enredarse con cualquiera, pero ella... ella era diferente. Desde el instante en que Ethan le anunció que una amiga se mudaría con ellos, Zack se había encargado de investigarla. Al ver su fotografía por primera vez, quedó cautivado por una belleza singular y conmovedora; le costaba asimilar que alguien con esa luz pudiera haber arrastrado un pasado tan tormentoso.

Un repentino jadeo por parte de Diana interrumpió sus cavilaciones. La joven encogió las piernas contra su pecho, abrazándolas con fuerza. Desconocía el umbral de dolor que una mujer podía experimentar durante su ciclo menstrual, pero tras haber presenciado la alarmante cantidad de sangre que ella había derramado poco antes en la habitación, comenzaba a hacerse una dolorosa idea.

—¿Falta mucho para que lleguemos? —preguntó Diana con un hilo de voz, buscando un poco de alivio en la postura. No sabía si a Zack le incomodaría que apoyara los pies en el asiento de su impecable automóvil, pero en ese momento el malestar físico superaba cualquier atisbo de cortesía; detestaba con todas sus fuerzas aquellos días del mes.

Zack la miró de soslayo con un destello de pesar. Sin embargo, no quería alarmarla. Desde hacía varios kilómetros, una camioneta negra de cristales tintados y sin placas comerciales los seguía de cerca en el tráfico de la autopista. Su instinto le advertía del peligro y, aunque ignoraba la identidad del conductor, guardaba una ligera y peligrosa sospecha.

—Vamos a un lugar donde puedas descansar y yo pueda adelantar un poco de trabajo —respondió él, transformando su semblante en una máscara de absoluta seriedad mientras planeaba cómo perder a sus perseguidores.

Diana lo observó, extrañada por su repentina distancia. No lograba comprenderlo; hacía apenas unos minutos se mostraba protector y ahora parecía un extraño. Se preguntó si padecía de cambios de humor drásticos, pero terminó por restarle importancia. Se sentía demasiado débil para analizarlo y, además, el peso de la culpa seguía carcomiéndola por dentro. El eco de los crueles reproches de su madre resonó en su mente, recordándome la hiriente profecía de que terminaría siendo una cualquiera. «No lo soy», se repetía a sí misma en un intento de autoconvencerse, pero la duda era un veneno lento.

Incapaz de contener la angustia emocional y el dolor físico, Diana rompió a llorar en silencio, ocultando el rostro entre los brazos.

Zack, al percibir el temblor de sus hombros, sintió que el corazón se le estrujaba. Verla así, tan expuesta y frágil, despertaba en él un instinto primitivo de protección. Observó una última vez el espejo retrovisor; tras realizar un par de maniobras calculadas, confirmó que había despistado a la camioneta negra. Entró de inmediato en un estacionamiento techado y, tras apagar el motor, rodeó el coche y la tomó en vilo entre sus brazos. Desarmada, Diana no opuso resistencia; se aferró a su cuello y apoyó la mejilla húmeda contra su pecho.

—Tranquila, todo estará bien —murmuró él, intentando dar una calma que él mismo no poseía.

—No... No lo está —conseguí articular ella entre sollozos—. Me... me siento sucia.

Zack se tensó de inmediato. La separó un poco de su pecho para obligarla a mirarlo, y su expresión se ensombreció con un enojo contenido.

—No vuelvas a decir eso —sentenció con severidad.

—Es que es la verdad... Mamá siempre me decía que no servía para nada, excepto para hacer felices a los hombres.

—¡Maldición, linda, no digas eso! —exclamó Zack, y una furia genuina tiñó sus palabras—. Jamás pienses así de ti misma, ¿me oyes? Jamás.

—¿Cómo no voy a pensarlo? Ni siquiera te conozco y ya me entregué a ti... Eso no es lo que hace una mujer decente.

—Lo hiciste porque eres mía, linda —interrumpió él, sujetando su rostro con firmeza—. Te hice mía y eres mi mujer. Sé que te resultará extraño, pero así lo siento desde el primer instante en que te vi.

A Diana la confesión le resultó desconcertante. ¿Cómo podía reclamarla con tanta posesión si eran prácticamente unos desconocidos?

—No te comprendo... Si no nos conocemos —alcanzó a decir.

—Lo sé —concedió él, suavizando el gesto—. Ven, vamos a casa para que puedas descansar de una vez.

Zack la bajó con cuidado y extrajo un bolso del maletero. Para garantizar su seguridad y borrar cualquier rastro ante una posible red de espionaje, la guió hacia un segundo vehículo más pequeño que mantenía estacionado en ese lugar estratégico. Volvieron a incorporarse a la autopista y, en cuestión de minutos, llegaron a una de las zonas residenciales más exclusivas y costosas de la ciudad.

—Ven, te mostraré tu habitación. Yo estaré en el despacho atendiendo unos asuntos pendientes —le indicó una vez dentro del imponente apartamento.

La habitación asignada era un remanso de paz. En cuanto Diana se recostó sobre la suavidad de la cama, el agotamiento físico y emocional le pasó factura; a los pocos minutos se quedó profundamente dormida, albergando la secreta esperanza de que aquel tormentoso malestar no se prolongara por muchos días.

Mientras tanto, en el ala opuesta del apartamento, la paciencia de Zack se había evaporado. Se paseaba por el despacho como un animal enjaulado, con el teléfono pegado a la oreja. La presencia de la camioneta anónima en la autopista lo mantenía en un estado de alerta máxima.

—Sí, está aquí conmigo —declaró Zack, respondiendo a la llamada de su hermano.

«Tú no la conoces bien, Zack» —advirtió la voz de Ethan al otro lado de la línea, cargada de genuina preocupación—. «Ella es sumamente sensible. Ten un poco de tacto al hablarle; ha pasado por demasiadas cosas como para que un extraño la lastime. Créeme que no te lo perdonaría».

—¿Por quién me tomas? —escupió Zack, ofendido por la desconfianza—. ¿O es que ya se te olvidó todo lo que he hecho por ella incluso antes de tenerla frente a frente?

«Solo te recuerdo lo obvio. Tú no te caracterizas precisamente por tener paciencia».

—Sí, sí, lo que digas —zanjó Zack, deseando cortar las amonestaciones de su hermano—. Cambiemos de tema. ¿Sabes ya qué provocó el apagón en la empresa?

Al escuchar la respuesta, la mandíbula de Zack se apretó y sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos.

—Lo que sospechábamos: un sabotaje —pronunció con una hostilidad gélida.

La rabia en el interior de Zack iba en aumento, y eso nunca era una buena señal. Quienes lo conocían en el mundo de los negocios sabían perfectamente que, detrás de su fachada de empresario impecable, se escondía un hombre implacable y sumamente violento cuando alguien osaba desafiar lo que consideraba suyo.

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