Mundo ficciónIniciar sesiónTiempo atrás.
Eran altas horas de la noche. En una de las mesas privadas del casino, un grupo de hombres de negocios, algunos de avanzada edad pero sumamente conservados, se entregaban al vicio de las apuestas. Las sumas sobre el paño verde fluctuaban de manera vertiginosa, pero para la mayoría aquello era un simple pasatiempo.
Sin embargo, uno de ellos experimentaba una realidad muy distinta. Diego Smith atravesaba una racha desastrosa. Todo lo que ponía en juego se evaporaba ante sus ojos y la desesperación comenzaba a asfixiarlo; lo último que le quedaba del legado de su padre era la empresa familiar y, por la forma en que caían los dados, estaba a punto de perderla también.
Diego observó al joven pelinegro sentado a su lado y le dedicó una sonrisa nerviosa, empapada en sudor frío. El muchacho le devolvió una mueca ladina, cargada de una autosuficiencia que daba asco. Ambos fijaron la vista en la última carta sobre la mesa.
El mundo de Diego se vino abajo en un instante. No había vuelta atrás. Había sido el todo por el todo, y ahora no le quedaba absolutamente nada. Aturdido y con los oídos zumbándole, abandonó el casino de madrugada. Caminaba sin rumbo por el estacionamiento, aplastado por una interrogante que le atrabesaba el pecho: ¿cómo le explicaría a su esposa y a su hija que lo había perdido todo? Él solo había buscado una oportunidad más para recuperarse, una última jugada, ignorando las súplicas de su mujer para que buscara terapia. Su ansiedad y la ludopatía habían sido más fuertes, arrastrándolo a destruir el único patrimonio valioso de la familia.
—Vamos, Diego, no todo está perdido —intervino una voz a sus espaldas.
Era el mismo joven pelinegro de la mesa de apuestas. Al acercarse, contempló al hombre de cuarenta y tantos años apoyado contra su automóvil mientras encendía un cigarrillo con manos temblorosas. Diego lucía demacrado, abatido; las preocupaciones y el peso de las deudas le añadían encima una década que no le correspondía.
—Tú no lo entiendes —respondió Diego con voz quebrada, expulsando el humo—. Perdí lo único que mi padre me dejó. ¿Cómo le digo a mi esposa que estamos en la ruina? Mi hija no tendría por qué estar trabajando; ella... ella solo debería disfrutar de las comodidades y lujos que me correspondía darle.
El muchacho sonrió ampliamente, sosteniéndole la mirada con una fijeza perturbadora.
—Diego, en esta vida todo tiene solución. Te visitaré en una semana para arreglar las cuentas. Tranquilo, te presentaré una propuesta que no podrás rechazar si de verdad deseas conservar la empresa.
Diego lo miró con profunda intriga. ¿Qué clase de propuesta podía ser aquella? No le quedaba ningún bien material que ofrecer. Lo más valioso que poseía en el mundo, despojado ya de sus propiedades, eran su mujer y su hija.
—No comprendo a qué te refieres.
—No hay nada que comprender por ahora. Ve a casa, descansa, acuéstate con tu mujer, saluda a tu hija de mi parte y hablaremos después. En una semana.
Sin añadir más, el joven subió a su automóvil y se alejó, dejando al hombre sumido en un mar de dudas e incertidumbre.
***
—¡¿Que hiciste qué?! —le gritó su esposa, alterada de forma histérica—. ¡Estás demente! ¿Cómo se te ocurre apostar la empresa, lo único que nos sostenía? ¿Ahora de qué vamos a vivir? Yo no sé hacer nada y tu hija ni siquiera ha terminado la universidad, ¡y encima tiene que trabajar!
—No te alteres, por favor... Sé que procedí mal, pero estaba desesperado —se justificó Diego, con la voz apagada—. La empresa ya rozaba la quiebra y quería salvarla; jamás imaginé que lo perdería todo en una noche.
—Eres... eres un estúpido. No pensaste en mí ni en tu hija. Solo te importas tú y tu maldito vicio.
La mujer caminaba de un lado a otro de la estancia, desbordada por la rabia. Diego la contempló con una tristeza infinita. Sabía que sus palabras eran certeras; su adicción a las apuestas lo controlaba por completo. La sola idea de arriesgar algo le provocaba una ansiedad insufrible que solo se mitigaba frente a una mesa de juego.
Finalmente, ella se desplomó en el sofá, llorando desconsolada. Diego se acercó y la rodeó con sus brazos, acariciándole la espalda hasta que sus sollozos disminuyeron.
—Vendamos la casa —propuso ella con voz ronca—. Invertiremos ese dinero en algo seguro, y cero apuestas, Diego. Es por el bienestar de nuestra familia, entiéndelo. Tienes que ir a terapia, te lo he repetido mil veces y sigues sin escucharme.
—No, todavía no tomemos decisiones drásticas —replicó él, deteniéndola—. El hombre del casino dijo que vendría en una semana para resolver la deuda. Aseguró que no todo está perdido y que podré conservar la empresa.
Ella lo miró, no muy convencida, pero terminó por asentir. Amaba a su esposo y, a pesar de sus flaquezas, estaba dispuesta a apoyarlo. Si debía aguardar una semana para vislumbrar una solución, lo haría.
En ese momento, Diana entró a la sala. Al descubrir los rostros desencajados y preocupados de sus padres, se detuvo en seco. Intuyendo que algo grave ocurría, exigió saber la verdad, y sus padres no tardaron en confesarle la magnitud del desastre.
Diana escuchó el relato en un silencio sepulcral, sintiendo una mezcla de profunda tristeza, indignación y una decepción que le oprimía el pecho. Ya estaba cansada de vivir bajo la sombra de la inestabilidad.
—Entiéndelo, hija, lo hice pensando en el futuro de todos, pero las cosas no resultaron como previne —se lamentó Diego.
—¿Y miras el costo, papá? ¿Qué se supone que haremos ahora?
—Tampoco te hagas la mártir, Diana, que bastantes comodidades obtienes gracias a tus noviecitos —intervino su madre con evidente desdén.
Para ella, el dinero era la única prioridad, y le importaba muy poco el método que su hija utilizara para obtenerlo, ya fuera trabajando jornadas extenuantes o saliendo con quien fuera. Detestaba la pobreza por encima de todas las cosas.
—Mamá, no tienes por qué tratarme de esa manera —replicó Diana, con los ojos empañados—. No soy ninguna puta.
—Bueno, como sea —espetó la mujer, restándole importancia con un gesto frívolo. Aunque amaba a su familia, la idea de la ruina y el temor al escarnio social ante sus amistades la aterraban. ¿Qué diría su círculo social si caían en la clase baja? El solo pensamiento la horrorizaba.
—Hija, confía en mí —pidió Diego, tomando las manos de Diana—. Sé que he actuado de forma deplorable, pero ese hombre prometió una propuesta que salvará la empresa. Vendrá en una semana. Hasta entonces, no nos deis por vencidos.
—Está bien, papá —suspiró Diana, exhausta—. Solo espero que sepas lo que haces.
***
—Y bien, ¿qué opinan de mi propuesta? —preguntó el pelinegro, rompiendo el silencio del despacho de Diego.
Los señores Smith mantenían una intensa lucha interna. Frente a ellos, el prestamista desplegaba un escenario que resultaba tan tentador como moralmente cuestionable.
—Solo imagínenselo —continuó el joven, con una sonrisa persuasiva—. Su hija Diana viviendo con absoluta comodidad, rodeada de todos los lujos que desee. Ustedes conservarían la empresa, la propiedad, los vehículos... Recuperarían el estatus que les pertenece. Solo deben aceptar; no es un precio alto a cambio de la salvación de todos.
—Pero ¿y si ella se niega? —objetó Diego, con un remanente de dignidad—. No voy a obligar a mi hija a hacer algo que vulnere su voluntad.
—Ay, por favor, Diego —interrumpió su esposa con frialdad—. Tu hija debe de estar más que acostumbrada a realizar esta clase de acuerdos a cambio de favores económicos.
—¡Basta! Deja de denigrar a tu hija —la cortó Diego, indignado—. Parece que no la conocieras. Sabes perfectamente que ella sería incapaz de algo semejante.
—Eso se resuelve de forma muy sencilla, mediante una verificación médica —intervino el joven. Se levantó de su asiento y caminó con parsimonia hacia el ventanal, dándoles la espalda—. Hagamos esto: hoy mismo la llevarán a un chequeo ginecológico. Si las sospechas de Diego son correctas y ella se ha mantenido pura, me casaré con ella este mismo fin de semana y daremos por saldada la deuda de inmediato.
En un rincón del despacho, Diana permanecía en un estado de shock absoluto, escuchando cómo negociaban con su vida como si fuera una simple mercancía. Le resultaba inverosímil que sus propios padres consideraran la oferta de aquel hombre. El desprecio de su madre le calaba hasta los huesos; no lograba comprender qué había hecho mal para merecer semejante humillación.
El pelinegro se giró, rompiendo la tensión del ambiente.
—Pero qué mal prometido soy, ni siquiera le he consultado a mi dulce Diana su opinión —comentó con falsa amabilidad. Se acercó a ella y flexionó una rodilla para quedar a su altura—. A ver, linda... ¿Prefieres que tus padres disfruten de la vida que siempre han soñado, o eliges verlos hundidos en la miseria absoluta, sin un techo donde cobijarse? Porque, seamos realistas, el problema de tu padre con el juego es crónico.
—No es justo —susurró Diana, clavando los ojos en los suyos—. No tienes derecho a hacernos esto.
—Oh, claro que lo tengo —sonrió él con un matiz sádico, poniéndose en pie—. Si este es el único mecanismo para asegurar que estés a mi lado, lo emplearé sin dudarlo.
Dio una palmada al aire y encaró nuevamente a los Smith.
—Está bien —cedió Diana, poniéndose de pie con la barbilla en alto, decidida a jugar sus propias cartas—. Lo haré, pero bajo una condición estricta.
—No estás en posición de negociar, lindura —advirtió el joven con prepotencia.
—Puede que no, pero esto te conviene más a ti que a mí.
—Te escucho
—Dado que voy a someterme a ese bendito examen, exijo que hoy mismo firmemos un acuerdo vinculante. En él se estipulará que devolverás cada uno de los bienes de mi padre: la empresa y las propiedades que perdió contigo en la mesa de juego. A cambio de la restitución total, me casaré contigo.
El pelinegro la evaluó durante unos segundos, gratamente sorprendido por su audacia.
—Me parece un trato justo. Eres una buena hija, y serás una esposa sumamente interesante —declaró, sacudiendo las solapas de su saco—. Regresaré en un par de horas con el documento redactado. Acudan a mi hospital; el personal médico es de mi entera confianza. Me entregan el informe y daremos el asunto por concluido.
Dos horas más tarde, madre e hija cruzaban las puertas del centro médico privado.
—Me gustaría entrar sola, mamá —pidió Diana antes de aproximarse al mostrador.
—Ni lo sueñes —replicó la mujer con severidad—. Voy a entrar contigo. Soy tu madre y te conozco mejor que nadie. Así que déjate de ridiculeces y madura de una vez por todas.
—No entiendo por qué me tratas con este desprecio, yo no soy una mala persona.
—Te he visto en repetidas ocasiones conversando con ese muchacho de cabello matizado en la cafetería del club ¿o crees que soy ciega? He indagado sobre él y nadie me da razones claras; solo sé que es extranjero y está de paso por la ciudad.
—Sí, es extranjero y es mi amigo —defendió Diana—. ¿Acaso tengo prohibido relacionarme con alguien?
—Los hombres no miran a una simple amiga de la manera en que él te mira a ti, Diana, no seas ingenua.
—No soy ninguna ingenua, mamá. Y gracias a ese amigo conseguí un empleo digno.
—Por supuesto... Como si una secretaria común percibiera mil dólares semanales —escupió la mujer con sarcasmo.
—Es un salario justo porque soy excelente en mi labor. Y no vi que te molestara en absoluto el dinero que deposité en tu cuenta cada semana.
—No me molesta ni me quejo —admitió la madre, suavizando ligeramente el tono—, pero con este matrimonio ya no tendrás necesidad de mover un solo dedo. Me preocupo por tu futuro, hija; la precariedad no es vida. Quiero que seas feliz, que estés rodeada de opulencia, y si este hombre posee la capacidad de dárnoslo todo, no podemos dejar pasar la oportunidad.
La enfermera interrumpió la discusión al llamarlas para ingresar al consultorio de ginecología.
—Tomen asiento, por favor —indicó el especialista principal.
—Gracias, doctor —respondieron al unísono.
—Bueno, doctor, asumo que el señor Herrán ya le notificó los pormenores de nuestra visita, así que omitamos los preámbulos y procedamos con lo que vinimos a hacer —indicó la madre con frialdad.
—Como usted disponga. Por favor, acompáñeme —indicó el médico dirigiéndose a Diana—. Retírese la ropa, colóquese esta bata de exploración y suba a la camilla, por favor.
La joven sentía que el corazón le golpeaba con fuerza el pecho debido a los nervios. Solo anhelaba que aquella humillación terminara cuanto antes. En cuanto tuviera el informe médico en sus manos, ejecutaría su propio plan. Al finalizar la revisión, el doctor le indicó que podía vestirse.
—¿Y bien, doctor? ¿Mi hija se ha mantenido pura? —inquirió la mujer con visible ansiedad, impaciente por asegurar el enlace matrimonial y presumir ante su círculo social.
—Lamento informarle, señora Smith, que ese diagnóstico es un asunto de estricta confidencialidad que solo compete al señor Herrán. Si es tan amable, espere en la sala de recepción mientras redacto el documento oficial.
Frustrada por la negativa, la mujer no tuvo más opción que retirarse.
—Voy al tocador, vuelvo en un momento —anunció Diana.
—No te demores.
En cuanto se encerró en el baño, Diana extrajo su teléfono móvil con manos temblorosas, buscó en su lista de contactos y marcó el número de su amigo de cabello matizado. La línea dio tono apenas dos veces antes de que una voz cálida respondiera al otro lado.
—«Hola, mi reina. ¿A qué debo el honor de tu llamada?»
—Necesito tu ayuda... —susurró ella, conteniendo el llanto.
En el transcurso de los siguientes minutos, Diana le relató la situación con lujo de detalles, sin omitir la extorsión de Herrán ni la complicidad de sus padres.
—«De acuerdo, mantén la calma» —le instruyó su amigo con voz firme y protectora—. «Haremos lo siguiente: regresarás a casa, empacarás tus pertenencias esenciales y un vehículo te estará esperando a una cuadra de tu residencia a la hora exacta. Te sacaré del país de inmediato y te vendrás a vivir conmigo».
—Pero no poseo pasaporte vigente.
—«No te preocupes por la documentación, yo me encargo de gestionar todo lo necesario. Tú solo asegúrate de estar en el punto de encuentro puntualmente. Confía en mí».
—Confío en ti plenamente... Y lamento muchísimo importunarte con mis problemas otra vez.
—«No es ninguna molestia, sabes perfectamente que estoy disponible para ti en cualquier circunstancia. Te quiero. Debo colgar, estoy en medio de una conferencia corporativa, pero todo está en marcha».
—Por Dios, qué vergüenza haber interrumpido tu trabajo... De acuerdo, nos mantendremos en contacto. También te quiero.
Diana dio por terminada la llamada. Sentía una profunda pena por haberlo interrumpido, pero el alivio que la inundaba era inmenso. Su amigo siempre aparecía como un faro de luz en medio de sus peores tormentas.







