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Capítulo 8: Lazos de sangre y deseo

Capítulo 8: Lazos de sangre y deseo

Siento como si hubiera dormido durante mil años.

De repente, percibo unos brazos que me envuelven desde atrás. Por el relieve de los tatuajes contra mi piel, sé perfectamente de quién se trata; recorre mi vientre dibujando círculos pausados. Me desperezo con la parsimonia de un gato y mi trasero roza su miembro. M****a. Realmente es imponente, y me abruma pensar que estuvo dentro de mí hace tan poco.

—Despierta, bella durmiente —murmura. Su voz profunda reverbera en mi oído, causándome un estremecimiento inevitable.

Una punzada aguda en el bajo vientre me arranca un quejido y me obliga a encogerme de nuevo. Diablos, no ahora.

—Hey, ¿qué te pasa? —pregunta, detectando mi tensión.

Otro pinchazo me asalta y no logro contener un lamento. El dolor es inequívoco: significa que mi periodo está por llegar.

—Quiero ir a casa —digo, intentando sonar firme.

—Aún no te han dado el alta médica.

—Me importa poco, solo quiero irme de aquí —sentencio.

Me incorporo decidida a llegar al baño, pero a mitad de camino sufro un bajón de presión. Me detengo en seco porque el dolor se vuelve insoportable. Entonces lo siento: un flujo cálido y carmesí baña mis piernas, manchando de inmediato el suelo de la habitación.

—¡Carajo, linda!

Zack reacciona al instante. Me alza en vilo, me lleva al baño y me coloca bajo el chorro de la ducha mientras me retira la bata de hospital... una prenda que, por cierto, ni siquiera recuerdo en qué momento me puse, o más bien, me pusieron.

—Voy a llamar a la doctora —dice con urgencia, disponiéndose a salir.

Lo detengo antes de que dé un paso. Le aseguro que no hay de qué preocuparse, que es algo normal en mí; mi periodo suele presentarse con esa alarmante intensidad.

Aunque no luce muy convencido, cede y me permite asearme a solas. Me visto a contrarreloj, busco en mi bolso una toalla sanitaria y me la coloco. Padezco de hemofilia adquirida, un trastorno hematológico bastante inusual. Tuve la desgracia de desarrollarlo debido a una severa intoxicación por medicamentos que ingerí en el pasado; una herencia indirecta de la negligencia de mis padres.

A raíz de eso, vivo con el temor constante de lastimarme. Cualquier corte puede convertirse en un desastre, ya que mi sangre carece de la capacidad de coagular como la de una persona sana. Desangrarme es un riesgo real y latente. Por eso, cuando llega mi ciclo, es una auténtica pesadilla: el sangrado es desmesurado. Lo único rescatable es que soy irregular y no lo sufro todos los meses, pero cuando aparece, siento que muero lentamente.

Al salir del baño, encuentro a Zack con el documento de alta en la mano. Me examina con una mirada meticulosa, como si intentara descubrir algún daño oculto en mí.

—¿De verdad te sientes bien?

—Sí —respondo, forzando una sonrisa—. Solo debo evitar los esfuerzos físicos y estaré lista.

—Quiero que me mires y me digas algo —pide. Toma mi mentón con delicadeza, obligándome a sostenerle la mirada—. ¿Fui demasiado brusco contigo? ¿Te lastimé?

El calor se me sube al rostro y desvío los ojos, abrumada por la vergüenza. Es inaudito. Todavía no lo conozco bien, acabamos de tener relaciones y, por si fuera poco, es mi jefe. Por Dios, esto va en contra de toda lógica.

—Hey, no te avergüences —añade, suavizando el tono—. Te lo dije antes: eres mía, y lo que pasó entre nosotros es perfectamente normal.

—No, no lo es —replico, perdiendo los papeles—. ¡Maldición, Zack, tuvimos un maldito trío!

—Bueno, puede que para el resto del mundo no sea lo habitual, pero para nosotros lo será. No tengo intenciones de dejarte ir, y dudo mucho que mi hermano piense hacerlo. Además, no te percibí muy renuente anoche... Así que, ¿a qué le temes exactamente?

¿A qué le temo? A todo. No quiero convertirme en el juguete de nadie, ni que usen mis sentimientos. Admito que disfruto de mi sexualidad y que la química es innegable, pero no voy a permitir que se aprovechen de mí.

Sin embargo, sus palabras se quedan grabadas en mi mente: «Para nosotros lo será». ¿Eso significa que planean repetirlo?

Antes de que pueda procesarlo, me corta el pensamiento con un beso. Sus labios son sorprendentemente suaves y poseen un magnetismo exquisito. Es imposible resistirse, así que termino cediendo al vaivén de su boca.

—Vámonos a casa —dice al separarse.

Intento tomar mi bolso, pero se me adelanta con una sonrisa ladina y me lo quita de las manos. Me guía hacia la salida manteniendo la palma firme en la parte baja de mi espalda. Bajo su protección, trato de ignorar las miradas indiscretas de las enfermeras mientras cruzamos el pasillo.

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