Ella se ruborizó al sentirse contemplada, sin duda tocada por su mirada reverente y hambrienta. Así se sentía él, con voraz deseo de hacer a Tina parte suya. En medio de su sala, de habitual vacía, ella llenaba el espacio como si formara parte de él. Ningún objeto, ninguna otra persona podía hacerle sentir a Jace la sensación de que ella convertía su apartamento en un sitio digno de ser vivido.
—¿Quieres algo de beber?—le ofreció, y ella hizo un gesto negativo.
Él asintió
— Toma asiento, Tina.