Los pasos pesados que resonaban en el pasillo se detuvieron justo detrás de la madera del despacho. Mis manos se mantuvieron firmes en la cintura de Sienna, apretándola contra mi pecho, sintiendo el calor sofocante de su cuerpo y la agitación de su respiración que chocaba contra mi cuello. La tensión en la habitación se volvió densa, un lazo invisible que nos unía en esa clandestinidad forzada. Esperé que la puerta se abriera, dispuesto a enfrentar a quien fuera que osara interrumpirnos, pero d