La presencia de Killian a mi lado, sentado sobre la alfombra del despacho con sus vaqueros desgastados rozando los míos, ejercía un magnetismo que me anulaba las defensas. Quería gritarle que se fuera, quería mantener la fachada de la mujer implacable que pretendía gobernar el rancho, pero el peso del papel que sostenía entre mis dedos era demasiado grande. Volví a mirar la carta del abuelo de Alec, las palabras llenas de odio que habían sentenciado mi infancia al olvido, y mi resistencia se qu