Es inquietante lo mucho que me atraía verla al borde, sin caer nunca del todo.
Sienna era como esas yeguas salvajes que primero se muerden las patas antes que aceptar una rienda. Podía odiarla. De hecho, lo he intentado con cada orden, con cada instrucción deliberadamente cruel que le arrojo sin más.
Y, sin embargo, ahí estaba yo. Mirándola desde el borde del pajar mientras ella cargaba cubetas llenas de estiércol bajo un sol que rajaba la tierra, con el cabello atado, la camiseta empapada, y l