El calor de su cuerpo me envolvía y el silencio del establo se volvió una carga demasiado pesada. Killian continuaba allí, con sus manos apoyadas en la madera a ambos lados de mi cabeza, obligándome a sostenerle la mirada en esa penumbra asfixiante. Sentí que el aire me faltaba. Quise responder a su provocación, quise decirle que se fuera y me dejara en paz, pero las palabras no salieron de mi garganta.
De repente, un olor espeso y acre interrumpió la tensión que nos unía. No era el aroma habit