Por Rodolfo
Nos quedamos en mi despacho, un frío atroz recorría mi cuerpo.
Yo me tapé la cara con mis manos, realmente estaba aguantando las lágrimas.
-¡La puta madre!
Digo.
-Ya deben estar por llegar.
-No la pude ni proteger...
-No es tu culpa.
-Ya lo sé, pero es que ella... es tan... que no le hagan nada, ¡Mierda! Me estoy muriendo, estoy desesperado.
Gastón estaba serio, escuchándome.
Mi amigo averiguó con el personal y ese día no habían ido a limpiar la cabaña.
-Posiblemente estén en la ca