Al escuchar a Johan anunciar la llegada, Isabela se detuvo. El escenario era digno de una pintura, pero el ambiente era de una tensión silenciosa. Dandara ya estaba allí, sentada en su banquillo con una paciencia adorable que contrastaba con la energía vibrante que solía tener.
A lo lejos, la voz robusta del abuelo Rens rompió el silencio:
—¡Maison, es un privilegio tenerte aquí hoy! Procura pescar los mejores ejemplares para llevar a casa. ¡Quiero ver a tu prometida preparando un banquete de p