Maison estaba parado ante la puerta de Isabela, inmóvil como una estatua. Ella extendió la mano, con la palma hacia arriba:
—Tu teléfono. Ahora.
Su intención era llamar a su asistente para pedir que se lo llevaran de ahí. Sin embargo, el hombre frente a ella parecía estar en trance. Isabela sentía el peso del cansancio de su viaje de negocios sobre los hombros; lo último que necesitaba era que un "fantasma" del pasado rondara su pasillo a mitad de la noche.
—Mi casa es demasiado pequeña para al