—¿Estás loco? — preguntó Jefferson mientras metía de nuevo la cabeza dentro del capot del auto. Llevaba el overol manchado de grasa y unas gotas de sudor se deslizaban por su cabello. Recuerdo que ese día hacia demasiado calor; a lo lejos de la calle se lograba vislumbrar el reverberar sofocante sobre el pavimento, y dentro del taller no había mucha diferencia. Los trabajadores gastaban litros de agua y los overoles tenían parches de sudor hasta en donde no debería haber sudor.
—Lo haré de toda