Descubierta en su desdicha, el llanto de Bea se volvió más intenso. Magnus no supo qué decirle, sospechaba que ya había hablado lo suficiente. La envolvió bien en su chaqueta y la aferró. No era un abrazo, él intentaba llevársela antes de que alguien más la viera y le preguntara el porqué de su llanto. No quería dar explicaciones.
Bea se le refugió en el pecho y tuvo escalofríos. El reflejo natural de su cuerpo era apartar a cualquiera que se acercara tanto y ella no era la excepción. Se asegu