Agustina, Ale y Lucía avanzaban por los pasillos del hospital con la serena solemnidad de quien está de luto y se esfuerza por mantenerse estoico ante un dolor demoledor.
La mujer, pilar de la familia desde la partida de su padre, se sentó junto a su hermana menor y la abrazó.
—Elena querida, hay que ser fuertes. Todavía nos tenemos para apoyarnos.
—Lo sé, lo sé —dijo Elena—, somos una familia pequeña, pero unida.
—Y cada vez más pequeña. ¡Maldición! —dijo Ale, apretando su puño.
—¿Cuándo nos en