A la llegada del auto de Magnus y Bea, los habitantes de la casona se apresuraron a ir a esperarlos a la entrada.
La pareja de prometidos, que había estado tres días y sus respectivas noches fuera, llegaba como si de una luna de miel se tratara, sonrientes y muy animados.
—¡Familia, buenos días! —los saludó Magnus—. Realmente los extrañé. Mi novia y yo nos divertimos mucho y estoy agotado. Nos vemos a la hora de almuerzo.
El hombre, que tenía un parche en la cabeza, cruzó el umbral con sus zapa